1999 Mayo/ Artefactos quiméricos de la era de la información / Jesús Flores Villegas / El Norte
Artefactos quiméricos de la era de la información
Por Jesús Flores Villegas
El Norte
(29 Mayo 1999).-
México es un país donde conviven inestables distintos modelos culturales que se agotan en el eterno juego de las formas. Sus paisajes urbanos son un caso de diferencia radical que va desde una estética preindustrial, pasando por una industrialización que se segmenta en los actuales términos de lo postindustrial.
En Monterrey la industrialización ha sido un proceso que ha originado formas tecnológicas, que toman por asalto la cognición del regiomontano y su entorno fragmentado. Sin una conciencia tecnológica en su sentido abstracto, la tecnología representa un poder simbólico para el que la posee. Actualmente, los modelos de una industrialización basada en la informática en simbiosis con las economías globales han generado en México horrores sustentados en proyectos financieros disfuncionales, que a corto plazo han contribuido a crear las situaciones más inexplicables y misteriosas, verdaderos monstruos aún sin clasificar.
En este intercambio de signos entre tecnologías y economías, donde se opone la cultura informática como producto de la tecnicidad de punta en el mundo y la verdadera naturaleza periférica de México como un país sin proyectos tecnológicos de fondo, Ismael Merla busca los antivalores tecnofórmicos que contradicen nuestra realidad.
Más allá del arte objeto y de la escultura tradicional, las efímeras intervenciones espaciales de Ismael pertenecen a aquellos fenómenos inexplicables para el discurso de la posmodernidad extasiada y difíciles de imaginar para sus frágiles analistas que gustan, ante la falta de otros argumentos, de querer meter todo aquello que desconocen bajo los mismos y retornables términos.
Haciendo redundante el discurso de los procesos de construcción en serie, producto de una industrialización automatizada, Ismael Merla yuxtapone y combina mediante una aparente lógica fortuita objetos y fragmentos de éstos. Destotaliza su significado funcional, donde resalta, por un lado, la fascinación por el color, la forma y la textura, que son las características principales del objeto en serie, y por el otro, intenta establecer las relaciones intrínsecas entre las estructuras de cada uno de los objetos que utiliza constituidos por su variedad de fabricación. Ismael logra así un espacio laberíntico, sintáctico y multidimensional, revestido desde su interior hasta su exterior por tejidos que conforman y unifican al monstruoso artefacto quimérico similar a un organismo del desecho tecnológico.
Establecido, el artefacto sorprende como fenómeno plástico catastrófico, donde coexisten varias formas estables e inestables que juntas desplazarán su posición para colocarse, por asalto, ante todo aquel espacio cotidiano donde convivan en una dinámica interminable e ininterrumpida flujos, por un lado psicológicos, que se manifiestan a través del individuo y su transitar por el entorno, y por el otro, colectivos a través del intercambio de información con la naturaleza de las máquinas públicas.
El artefacto quimérico es quizás un intento por detener y unificar esa nueva naturaleza de velocidad y tiempo que supera y destruye el significado real acerca de la vida del hombre de fin de siglo.
Por Jesús Flores Villegas
El Norte
(29 Mayo 1999).-
México es un país donde conviven inestables distintos modelos culturales que se agotan en el eterno juego de las formas. Sus paisajes urbanos son un caso de diferencia radical que va desde una estética preindustrial, pasando por una industrialización que se segmenta en los actuales términos de lo postindustrial.
En Monterrey la industrialización ha sido un proceso que ha originado formas tecnológicas, que toman por asalto la cognición del regiomontano y su entorno fragmentado. Sin una conciencia tecnológica en su sentido abstracto, la tecnología representa un poder simbólico para el que la posee. Actualmente, los modelos de una industrialización basada en la informática en simbiosis con las economías globales han generado en México horrores sustentados en proyectos financieros disfuncionales, que a corto plazo han contribuido a crear las situaciones más inexplicables y misteriosas, verdaderos monstruos aún sin clasificar.
En este intercambio de signos entre tecnologías y economías, donde se opone la cultura informática como producto de la tecnicidad de punta en el mundo y la verdadera naturaleza periférica de México como un país sin proyectos tecnológicos de fondo, Ismael Merla busca los antivalores tecnofórmicos que contradicen nuestra realidad.
Más allá del arte objeto y de la escultura tradicional, las efímeras intervenciones espaciales de Ismael pertenecen a aquellos fenómenos inexplicables para el discurso de la posmodernidad extasiada y difíciles de imaginar para sus frágiles analistas que gustan, ante la falta de otros argumentos, de querer meter todo aquello que desconocen bajo los mismos y retornables términos.
Haciendo redundante el discurso de los procesos de construcción en serie, producto de una industrialización automatizada, Ismael Merla yuxtapone y combina mediante una aparente lógica fortuita objetos y fragmentos de éstos. Destotaliza su significado funcional, donde resalta, por un lado, la fascinación por el color, la forma y la textura, que son las características principales del objeto en serie, y por el otro, intenta establecer las relaciones intrínsecas entre las estructuras de cada uno de los objetos que utiliza constituidos por su variedad de fabricación. Ismael logra así un espacio laberíntico, sintáctico y multidimensional, revestido desde su interior hasta su exterior por tejidos que conforman y unifican al monstruoso artefacto quimérico similar a un organismo del desecho tecnológico.
Establecido, el artefacto sorprende como fenómeno plástico catastrófico, donde coexisten varias formas estables e inestables que juntas desplazarán su posición para colocarse, por asalto, ante todo aquel espacio cotidiano donde convivan en una dinámica interminable e ininterrumpida flujos, por un lado psicológicos, que se manifiestan a través del individuo y su transitar por el entorno, y por el otro, colectivos a través del intercambio de información con la naturaleza de las máquinas públicas.
El artefacto quimérico es quizás un intento por detener y unificar esa nueva naturaleza de velocidad y tiempo que supera y destruye el significado real acerca de la vida del hombre de fin de siglo.

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